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Otra vez tengo que encontrar mi alma, perdida entre socavones y malezas. Necesito asirla, tirar del hilo en el que están prendida sus retazos y sacudirlos a la luz para que el aire disperse el barro seco y las hojas muertas que tan de prisa se apoderan de ella.
Es una tarea que sin cesar me burla. Hace unos días, en Roma, creía haberla recuperado cuando, nadando en un mar de nostalgias y temores llegué en busca de nuestras huellas -las tuyas y las mías- y, casi a tientas, encontré el camino que seguían nuestros antiguos pasos: desde la Plaza Coloma al Panteón, al Jesús, al Capitolio.
Este ha sido siempre nuestro primer recorrido por Roma al llegar desde tierras lejanas. Después de dejar el equipaje en un hotelito del Corso, cercano a la Plaza Colonna, que hoy ha desaparecido tras las inmensas lonas que rodean un edificio en obras. Y, como enviada por ti, mi alma me guiaba con sus invisibles alas extendidas haciéndome andar entre el pasado y el presente, por la díficil orilla en que se juntan sus dos aguas.
Supe que era ella por la quietud con que se adueñó de mí, por el goce con que mi piel recibía el aire fresco y sutil de la primavera anticipada y por la seguridad con que posaba los pies de peregrina por las calles familiares y populosas hacia las escaleras del Capitolio - tan lejanas en el recuerdo- y las estatuas de los Dioscuros, gigantes y resquebrajadas, junto a los caballos que les acompañaban.
Protegida por sus alas, te sentí conmigo mientras acariciaba con los ojos la nueva estatua de Marco Aurelio, más brillante que la que veíamos juntos, más oleosa en su color cobrizo pero también portadora de paz. Y cuando, desde la barandilla que se abre sobre el Foro, contemplaba sus imponentes ruinas vi, deslizándose de columna en columna, las sombras blancas de la Diva Faustina y su enamorado esposo Antonino.
Pilar Gómez Bedate.
| Dora Salazar |
La luz plomiza
La luz plomiza del día gris
tamizada por la fina cortina de lino
cubre los cristales de la ventana.
Afuera sopla el viento y yo, en el interior,
me protejo de la vida que ya no me pertenece.
Por la habitación pasan ráfagas
de pensamientos antiguos
y tú vas flotando en ellas
con la cara pálida de los últimos días:
eres mi conciencia del tiempo
y la eternidad de la muerte

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