sábado, 15 de diciembre de 2012

Esa chica sumaba para sí todo el color…
Esa chica sumaba para sí todo el color de las grandes interpretaciones de la ópera, mientras hablaba con su voz de contralto utilizando palabras que yo quería asimilar partiendo desde el fondo boscoso de su ropa, estampada con ramas de pinos y cabezas de venados, en un paisaje casi chino, de fábula. Pero estábamos en un bar, llamado “El club del pejerrey” cerca de un viejo muelle de madera. Años atrás ella había cantado una canción crepuscular que yo quería oír de nuevo, con versos demolidos en la soltura del aire, y los pulmones vacíos mientras boqueaba las notas. Alrededor nuestro pasaban cosas confusas: en un momento vi a una mujer besándole el hocico a un perro dálmata. Eso no era el amor. Pero los mozos del lugar transitaban de izquierda a derecha con bandejas repletas de tragos de colores exóticos y en el interior de uno de ellos me pareció ver que flotaba un anillo engarzado con un diamante negro. Corrí por las escaleras y cuando llegué a la terraza del lugar una gran ola rompía contra la costa. Entonces aspiré un poco de un aire muy frío y volví a sentarme junto a ella. El espectro azul de la noche ya vagaba junto con tres esqueletos de marineros que me hacían señas para que me acercara a donde ellos trozaban un gran tiburón rosado.   

Francisco Garamona

Itsvanch

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