Esa chica sumaba para sí todo el color de las grandes
interpretaciones de la ópera, mientras hablaba con su voz de contralto
utilizando palabras que yo quería asimilar partiendo desde el fondo
boscoso de su ropa, estampada con ramas de pinos y cabezas de venados,
en un paisaje casi chino, de fábula. Pero estábamos en un bar, llamado
“El club del pejerrey” cerca de un viejo muelle de madera. Años atrás
ella había cantado una canción crepuscular que yo quería oír de nuevo,
con versos demolidos en la soltura del aire, y los pulmones vacíos
mientras boqueaba las notas. Alrededor nuestro pasaban cosas confusas:
en un momento vi a una mujer besándole el hocico a un perro dálmata.
Eso no era el amor. Pero los mozos del lugar transitaban de izquierda a
derecha con bandejas repletas de tragos de colores exóticos y en el
interior de uno de ellos me pareció ver que flotaba un anillo engarzado
con un diamante negro. Corrí por las escaleras y cuando llegué a la
terraza del lugar una gran ola rompía contra la costa. Entonces aspiré
un poco de un aire muy frío y volví a sentarme junto a ella. El
espectro azul de la noche ya vagaba junto con tres esqueletos de
marineros que me hacían señas para que me acercara a donde ellos
trozaban un gran tiburón rosado.
Francisco Garamona
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