miércoles, 9 de enero de 2013

  EL AÑO DESIERTO

    Yo subía despacio la escalera de piedra y descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de recorrerla con la vista.
    Una memoria infeliz me obligaba a permanecer cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio, refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche, según la fábula de los humildes, y por un arte réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y florecían mágicamente en sus dedos.
    Yo entretenía la pesadumbre leyendo las páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas. Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
    Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de volátil oriflama.

José Antonio Ramos Sucre



Doris Salcedo