sábado, 15 de agosto de 2015



BASTA

No, nunca será suficiente. Nunca
suficiente el viento clamoroso en los árboles,
el sol y la sombra que maneja la hoja, nunca es suficiente el sonido metálico
del martilleo de mi vecino,
los clavos de hierro, la madera que cede, las ondas de sonido
que lamen los tejados, nunca es suficientes
el quehacer de las abejas en las gargantas
de lirios. ¿Cómo podríamos saciarnos
con la carne de los tomates maduros, el único
olor de sus hojas machacadas. Se precisarían muchos
nacimientos para esa aspereza.

Vida culpable. Solo es eso lo que más queremos.
Lluvia de verano. Barro. Una taza de té.
Nuestros dientes, nuestros ojos. Un bebé en un cochecito.
Otra cucharada de crème brûlée, el dulce crujir de la corteza quemada.
Y duchas calientes, amorosas, amorosas duchas calientes.

Hoy fue un buen día.
Mi suegra se sentó en el porche, comiendo galletas y queso
con un margarita aguado
y aunque sus uñas ya no despiden luz roja
y no puede recordar quién está vivo y muerto,
de todos modos, este fue un día sin llanto, sin un llanto imparable.

Anoche por la pequeña ventana de mi portátil
vi a un hombre moribundo suicidándose en Suiza.
Llevaba una camisa azul y la nieve caía
sobre una pequeña casa azul, sobre las oscuras aguja de pinos y de abetos.
No salió fuera a sentir la nieve en la cara.
Se sentó en una mesa junto a su mujer para beber veneno.

En internet encontré una bolsa de plástico con velcro
y un orificio para el tubo de un tanque de propano. No tendría
que mover nuestro Weber. Tan solo me bastaría deslizarme
por el estuco de las losas, donde las malas
hierbas brotan a través de las grietas.
Tal vez no sería peor
salir fuera mientras miro las hojas amarillentas de la vieja Camelia.
Y desde allí podría ver los pollos arañando,
si es que tenemos pollos todavía.

Este pequeño sombrero de vida, ¿cómo llegaré
a quitarlo, mientras todavía puedo superarme? Gorro de lana ,
cofia de encaje, la campana amarilla con el velo de color amarillo.
Lo llevé en la Pascua al cumplir trece años y mi madre me dejó pasear
con Tommy Spagnola en el paseo marítimo de Atlantic City.

Oxígeno, oxígeno, el llanto del cuerpo al que uno siempre quiere darle
lo que desea. Pero debo decir no,
basta, basta, con más ternura
de la que he dado a un amante, el don
del pezón que se endurece bajo mi dedo, más
ternura que a mi recién nacido, al que sostuve todavía salpicado
con mi sangre. Le voy a dar el más suave rechazo
a este querido y mudo animal y apretaré
el broche alrededor de mi garganta que fue una vez besado y besado
hasta que la sangre no pudo descansar en su cauce aunque se elevara
hasta la superficie como un pez que no puede aguardar a su captura.


Ellen Bass

Tr. del inglés

Victor Pasmore