Dime si hay despertar más terrible
que el de quien al alba se encamina tras la memoria;
cuando paseábamos por las calles abrazados,
sin inquietarnos, y esos largos besos
en una calle desierta rodeados por el brillo del mediodía
eran nuestro gran emblema de complicidad.
Pero triste es saber ya pasados esos días de placer
y ahora, desandando, reconocer estos lugares
apenas como el decorado de una despedida.
José Carlos Irigoyen
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